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Natividad Sánchez

Communication Officer, Comunicación y Desarrollo

Madrid, Spain


Creo que he hecho todos los ridículos posibles en el mar, a saber: no aguantar diez segundos en una tabla de surf, volcar en piragua con olas de treinta centímetros, ser incapaz de hacer un nudo más complicado que el de ocho, pisar erizos, marearme en un ferry, olvidar en un mes cómo se monta una grifería de submarinismo…La conclusión de toda esa lista de fracasos es que mi lugar debe de estar en tierra y mi destino pasa por ver el mar a diario en el escritorio del ordenador.

Ahora bien, si trabajo once meses colgada del teclado y el teléfono, es porque quiero encontrarme todo en buen estado cuando ponga un pie en la playa. Igual que los astronautas no son los dueños del cielo, tampoco el océano es propiedad exclusiva de los marinos. Nos pertenece a todos, y por ello cada uno tenemos nuestra pequeña responsabilidad sobre él. Lo que hacemos o dejamos de hacer en tierra acaba llegando al mar. Dejarlo como lo encontramos sería una lección de buenos modales a las próximas generaciones.

Los dakotas decían que seremos conocidos para siempre por las huellas que dejemos y, en este caso, las huellas van siendo vertidos, bancos de peces esquilmados, fondos marinos arrasados y plagas de medusas, entre otros horrores. Deberíamos encontrar enseguida un final feliz.