Unos días en los Alpes de Alabama

© USGS
© OCEANA / Carlos Suárez
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Autor: Xavier Pastor
Fecha: Septiembre 18, 2010



Como habrá podido comprobar cualquiera que haya seguido los diarios de a bordo, las últimas dos semanas no han desmerecido en absoluto en intensidad respecto a las anteriores. La marcha del equipo de alaskeños y washingtonianos de Oceana y sus sensores de hidrocarburos se compensó inmediatamente con la llegada a Gulfport, Mississippi, del nuevo grupo de buceadores españoles y del robot submarino (ROV). A partir de ahí empezamos una nueva fase de la expedición: la exploración visual de los fondos en las zonas que durante semanas estuvieron cubiertas por petróleo en la superficie.

La concentración de montes submarinos bautizado con el extraordinario nombre de “los Alpes de Alabama” forma parte de la cadena rocosa de los Pínacles, que bordea una buena parte de la plataforma continental de ese estado y el de Mississippi, en las estribaciones del Cañón de Soto. Esta es una zona por la que se ha detectado el acceso de una de las más importantes “venas” de hidrocarburos.

Las cimas de Los Alpes de Alabama alcanzan los 68 metros de profundidad. Sus laderas más al norte se levantan desde la plataforma, a sólo unos 90 metros. Pero en cuanto las desciendes por su vertiente sur, el fondo se desploma a abismos de cerca de mil metros. A ese grupo de pináculos se le supone unos altos niveles de biodiversidad. Un oásis exhuberante en una zona que, debido a las aportaciones de sedimentos por parte de los ríos Mississippi y el Mobile, entre otros, está cubierta por una gran capa de lodo, que además es continuamente removido por los artes de arrastre de la flota gambera del golfo de México. Queríamos comprobar cual es el impacto que, a primera vista, ha causado la catástrofe del Deepwater Horizon en esos fondos, a unas 50 millas del pozo accidentado.

Disponíamos de una representación tridimensional de los Alpes de Alabama, pero utilizando el sensible ecosondador del Oceana Latitude y el sistema Olex instalado en el ordenador de nuestro equipo hemos ido construyendo una imagen real de la pequeña cordillera, a base de sucesivas pasadas con el barco por la zona. Una vez determinada de forma detallada la orografía de estas montañas submarinas, durante varios días hemos llevado a cabo hasta ocho inmersiones con el ROV en distintas zonas de las mismas, cruzándolas en todas direcciones y coronando con el robot las dos cumbres principales. Han sido inmersiones de cierto riesgo, ya que los pináculos que dan nombre a toda la zona hacen honor a su denominación, y –a pesar del sonar que debiera advertirlos- aparecen frente a los focos del ROV de manera sorpresiva, con lo que los pilotos del robot y del cabestrante que controla el cable del mismo se ven obligados a hacer maniobras muy aceleradas para evitar colisiones con paredes casi verticales o, lo que sería peor, que el aparato o su lastre quedasen enganchados en las múltiples grietas y rocas que componen ese fondo.

No existe una evidencia visual de que el ecosistema de esos particulares Alpes se haya visto afectado seriamente por el impacto del vertido. Los corales, las gorgonias, los crustáceos, los peces, los espectaculares equinodermos que son solamente parte de la rica biodiversidad de estos montes submarinos parece continuar con su vida habitual sin que se les noten signos de degradación. No debemos, sin embargo, confiarnos. El impacto de los invisibles hidrocarburos tóxicos y de los dispersantes químicos que se utilizaron para eliminarlos de la vista del público puede manifestarse a medio o largo plazo, en los procesos de reproducción.

Una vez explorados en detalle los Alpes de Alabama nos dirigimos hacia un nuevo grupo de montes submarinos, el Schroeer Site. El tiempo se está deteriorando. Iniciamos la inmersión y cuando nos encontramos a la mitad de la bajada del cable de unos 350 metros una gran ola, solitaria e inesperada golpea el barco y se introduce hasta una zona que hasta el momento se había mantenido seca, golpeando al generador eléctrico del ROV y causando una sobretensión que, de rebote, daña al robot submarino. Tras comprobar los daños, nos dirigimos a la bahía de Mobile para proceder a su reparación.

Mientras tanto, la actividad a bordo del Oceana Latitude no se detiene. Siempre disponemos de alternativas para poner en marcha y rentabilizar las posibilidades de trabajar. Se bota el tender Oceana Longitude y, durante los dos días que duran los trabajos de reparación, el equipo de buceadores llevan a cabo inmersiones a 20 millas del barco, en distintos pecios hundidos voluntariamente para crear arrecifes artificiales, y que con su abundancia en especies marinas se han convertido ahora en excelentes laboratorios en los que se podrá determinar, con el paso del tiempo, el impacto en los ecosistemas del componente invisible del vertido de BP.