El depredador más gracioso

Por Enric Sala, ecólogo marino, explorador de NationalGeographic y colíder de la expedición, 20 de febrero de 2013.

 

Cuando pensamos en depredadores de inmediato nos imaginamos un animal grande con dientes afilados y rostro aterrador;  animales que han evolucionado solo para matar humanos. Nuestra memoria colectiva nos hace temerle a la noche y casi todos nos hemos sobresaltado con ruidos extraños en la oscuridad del bosque. Este temor está grabado en nuestro inconsciente colectivo, como tallado en roca. Cuando se trata del océano, muchos todavía temen a los tiburones (pese a las constantes pruebas de que son los tiburones los que deberían temernos a nosotros) o a extrañas criaturas de las profundidades que se ocultan en la oscuridad para atacar por sorpresa.

El depredador tope de las Islas Desventuradas no es el típico tiburón de arrecife o un mero gigantesco con enormes fauces aptas para tragarse a un buzo. Tampoco es un fiero animal que ataca de noche. El depredador superior acá es el lobo fino de Juan Fernández (Arctocephalus philippi), el carnívoro más gracioso que hemos encontrado en todas las expediciones a mares vírgenes hasta la fecha. Pasan gran parte del día tirados sobre las rocas cerca del agua. Cuando nos acercamos, es como si alguien llevara caramelos gratis a una escuela. Los lobos levantan la cabeza, se agitan muchísimo y arrastran sus pesadas barrigas de roca en roca hasta que saltan al agua.

Bajo el agua, se transforman en verdaderos torpedos de enorme gracia y elegancia. Sus ojos son grandes como los de los personajes de animación japonesa y nos atraviesan con la mirada mientras pasan nadando muy rápido entre nosotros, los buzos. Luego de jugar con nuestras burbujas y revisarnos muy de cerca, se quedan ahí, de espalda sobre la superficie y con la cabeza colgando como si fueran murciélagos.

El lobo fino de Juan Fernández vive solo en las islas Desventuradas y en el Archipiélago Juan Fernández (800 kilómetros al sur de las Desventuradas). Fue muy abundante antes que los balleneros y cazadores europeos comenzaran a exterminarlo. En el archipiélago Juan Fernández, se mataron entre tres y cinco millones para conseguir su piel y aceite, entre los siglos XVII y XIX. En 1880, la comunidad científica de entonces creyó que se habían extinguido. Afortunadamente, unos pocos individuos sobrevivieron y lograron empezar a recuperar la población. En 1970, después de 100 años de haber sido visto supuestamente por última vez, dos lobos finos jóvenes se avistaron en San Ambrosio. En 1975, se observaron 300 individuos.

En San Ambrosio hemos visto solo cinco. Los fuertes vientos han obstaculizado nuestro trabajo en la zona norte de la isla. Además, la Armada chilena no nos permitió bucear alrededor de la isla San Félix, donde hay una base militar. Por lo tanto, no podemos determinar si hay aún cientos de lobos finos cerca del archipiélago. Es una lástima, porque no muchas expediciones científicas logran llegar hasta acá. Solo espero que estos animales estén regresando y que las dificultades de acceso los mantengan a salvo.