Un comienzo intenso

Un comienzo intenso

 Por Alex Muñoz, director ejecutivo de Oceana y colíder de la expedición, 12 de febrero de 2013.

Desde el momento del zarpe en Antofagasta quedó claro que nadie está para perder el tiempo.  Se suceden los briefs o charlas tanto sobre las medidas de seguridad dentro del barco, el uso del submarino, o sobre el buceo.  Entremedio, decenas de conversaciones entre casi veinte personas, cada una experta en un tema distinto. Tod@s son generos@s con su conocimiento y experiencia y, a la vez, curios@s con lo que pueden aprender del otro.

Luego de dos días y medio navegando amanecimos el domingo al lado de la Isla San Ambrosio.  El agua es azul intenso, parecida a la de Juan Fernández, y la isla, un cerro con acantilados prácticamente verticales.  No se ve por dónde se puede subir a la cima.

Apenas llegamos, Enric y el resto de los buzos comenzaron a prepararse para la primera inmersión. Una mezcla de ansiedad y felicidad se les nota en la cara. Es la emoción de estar en un lugar tan remoto donde ninguno de nosotros ha estado previamente. Es más, muy pocas personas han estado aquí. Punto. Se va el primer bote hacia la isla con los buzos y un arsenal impresionante de cámaras submarinas.

Al mismo tiempo Eric -de NatGeo- empieza a preparar las Drop-Cameras, que son cámaras de alta definición dentro de una gran esfera de cristal para grabar a miles de metros de profundidad.  Una de ellas una vez fue probada con éxito en la fosa de las Marianas a 11.000 metros de la superficie.

Finalmente, uno de los momentos más esperados: el submarino Deepsee va a hacer su primera prueba en aguas chilenas.  Capaz de bajar hasta 450 metros con tres personas a bordo y con una visión en 360°, es una herramienta perfecta para explorar con los propios ojos las profundidades del océano.

Me tocó ser el primero en bajar en el submarino junto a Claudio, observador de la Armada de Chile que nos acompaña en este viaje. La tripulación del Argo, impecable como siempre, alista el Deepsee y nos piden que nos subamos cuidadosamente. Se cierra la cúpula de acrílico de más de 10 cm. de grosor y comenzamos el descenso de manera expectante.

En un comienzo sólo apreciábamos el azul del agua y cómo la luz solar llegaba sin problemas a gran profundidad. En sólo unos minutos tocamos fondo a 130 metros y comenzamos a desplazarnos horizontalmente. Inmediatamente la vida marina comenzó a mostrarse.  Primero unos tiburones, luego langostas enormes, y al poco andar, cientos de peces se acercan a observarnos. Claudio pregunta ¿quiénes son los que están en el acuario ahora? Y, de verdad, uno podía ver las caras de los peces mirándonos como si estuviéramos en un acuario humano. El piloto apaga las luces para darles más confianza. Literalmente una nube de peces nos rodea y hasta chocan con la cúpula que, a esas alturas, era una simple barrera invisible. Parecía que nada nos separaba de toda esta vida submarina.

El comienzo de esta expedición no pudo ser más intenso. ¿Cuántas veces en la vida uno puede decir que visitó una isla oceánica casi desconocida para el mundo entero y, el mismo día, bajó en un submarino a 130 metros de profundidad, todo por primera vez?