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Marcaje de tortugas en Canarias.

Soledad Esnaola - Octubre 2005

El Oceana Ranger, nuestro catamarán, ha comenzado su merecido descanso para su puesta a punto tras los 11 meses recorriendo los océanos del mundo. Esta vez nuestra campaña cambia de escenario y de soporte; nos dirigimos a las Islas canarias - el territorio más Suroccidental de España a unos 1.400 kilómetros del sur de la península - para trabajar en colaboración con la SECAC (Sociedad Española de cetáceos del Archipiélago Canario). Oceana y SECAC participamos conjuntamente en este proyecto en el que se perseguían dos objetivos:

  • colocar transmisores satelitales a 10 tortugas bobas (Caretta caretta); y
  • hacer un seguimiento, observación y obtención de información biológica y de comportamiento de las numerosas especies de cetáceos que abundan en las aguas de Canarias. Para esto, durante los 15 días que duró la campaña, se anotaron datos de posición, comportamiento y número de individuos observados; se tomaron muestras de tejidos (biopsias) de delfines y ballenas; y se trató, sin mucho éxito, de colocar marcas electrónicas en algunos cetáceos.

El 10 de Octubre comienza nuestra expedición. Tras preparar todo el material necesario en Madrid, María Hernández, nuestra colaboradora experta en marcaje de tortugas, y yo pusimos rumbo a la isla de Lanzarote, donde nos esperaban Charlotte Hudson (Senior Marine Wildlife Scientist de Oceana en Washington DC, USA) y Catherine McClellan (científica e investigadora de Duke University, USA, y experta en marcaje de tortugas), quienes coodinarían las operaciones de marcaje.

Una vez en la base de la SECAC conocimos a Vidal Martín (Director de la Sociedad Española de Cetáceos y reconocido científico en el área de los cetáceos) y a las que serían nuestras compañeras en los siguientes 15 días a bordo del Oso Ondo, un barco de motor de unos 17 metros de eslora capitaneado por Arquímedes ("Quilme" para los amigos). Vidal se encargó de coordinar y organizar la expedición, lo cual fue de una inestimable ayuda gracias a sus años de experiencia y su perfecto conocimiento de la fauna marina en las aguas del Archipiélago Canario.

Una vez hecho el avituallamiento y puesto a punto el barco, salimos del puerto de Arracife (lanzarote) rumbo a las costas de Fuerteventura y Gran canaria, dejando atrás a los atuneros que llegaban de faenar y navegando sobre las aguas que alcanzan hasta 2.000 metros de profundidad a pocas millas de la costa y separan las 7 islas del archipilélago volcánico. Se llenó el saloncito del Oso Ondo de ordenadores portátiles, cámaras de fotos y papeles. Empieza el trabajo.

Eramos 7 tripulantes a bordo (todo mujeres), más Vidal y Quilme, quienes estaban exentos de turnos de avistamiento a cambio de un servicio 24 horas de coordinar y capitanear respectivamente. Los días de patrullaje en el mar duraban entre 10 y 12 horas, durante los cuales rotábamos en turnos de 2 horas para avistar, por parejas, desde la parte superior del barco y anotar nuestra posición con un GPS. Las horas pasan lentas cuando no ves nada y llevas dos horas al sol, pero en cuanto alguna devisaba un soplo o una aleta de cetáceo todos saltábamos al grito de AVISTAMIENTO!!!; Antonella y Vidal recogían sus cámaras, Silvia su ballesta para las biopsias, Cristina su cámara de vídeo, y las demás a anotar posición y comportamiento de los individuos, y a continuar avistando para no perder al grupo. Ningún café despierta con tanta eficacia a nadie como ese grito.

Todos los días veíamos al menos 2 grupos de cetáceos, siendo los más comunes los delfines moteados del atlántico (Stenella frontalis) y mulares (Tursiops truncatus). Sin embargo, las tortugas no se dejan ver tan fácilmente. Las condiciones idóneas para encontrar tortugas son las de un día despejado y mar totalmente en calma, como una balsa, cosa que en Octubre ya no es tan común como en los tranquilos meses de verano. Por suerte, y gracias a Vidal y al Centro de Rehabilitación de Fauna Silvestre de Tarifa (Gran Canaria), dirigido por el biólogo y veterinario Pascual Calabuig, conseguimos cinco tortugas bobas que recogieron en su centro y a las que pudimos colocar las marcas satelitales. Otras tres tortugas conseguimos capturarlas desde el Oso Ondo y devolverlas al mar una vez marcadas, tratando de causarles el menor estrés posible. Una vez que teníamos la tortuga a bordo se recogían una serie de datos y muestras biológicas: tamaño (ancho, largo, caparazón), peso, y muestras de piel, caparazón y sangre, que se guardan y conservan para su posterior análisis en un laboratorio. El proceso de colocación del transmisor satelital es poco agresivo, pero lento y minucioso. Se debe limpiar bien el caparazón y colocar una resina transparente llamada Epoxy, con la que se fija la marca al caparazón, que tarda unas horas en secar. En todo momento se controla a las tortugas y se vigila que no intenten quitarse el transmisor, porque cuando el Epoxy está aún húmedo podría manchar la piel del animal.

Tan pronto como la marca estuviera colocada y lista, parábamos motores y devolvíamos la tortuga al mar, la cual se alegraba tanto de regresar al agua como nosotros de devolverla a su medio.

Al final, y tras haber recorrdio muchas millas por las aguas de las costa de Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote, creo que la campaña fue un éxito. Conseguimos marcar con éxito 8 tortugas de las 10 que se pretendía en un principio (eso es un Notable), lo cual no era tarea fácil en esta época del año. Avistamos 9 especies diferentes de cetáceos entre delfines, delfines de diente rugoso o "stenos" (Stenella frontalis), zifios muy esquivos, un rorcual común (Balaenoptera physalus), calderones grises (Grampus griseus) y tropicales (Globicephala macrorhynchus) y, como no, cachalotes (Physeter macrocephalus) de los que se tomaron numerosas muestras de tejido y casi conseguimos colocar alguna marca electrónica.

Es un placer trabajar con profesionales que disfrutan con su trabajo y ver que las cosas bien hechas... salen bien. Prácticamente todo en la campaña fueron grandes experiencias (incluso los madrugones y las 12 horas de sol), pero si he de quedarme con una cosa de todo el viaje, me quedo con dos: la cría de cachalote que remoloneó durante unos minutos en la proa del barco, y las historias de "Quilme", que pasó 14 años pescando en los atuneros.


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