Los científicos de Oceana llevaron a cabo la toma de muestras de tejidos y la colocación del chip de identificación de cada uno de los ejemplares. Tras la recogida de muestras, se colocó en el caparazón de cada tortuga marina un transmisor por satélite que permite conocer sus hábitos migratorios, sus conductas y otros datos relevantes para proponer planes de gestión para su protección. Cada vez que una tortuga sale a la superficie para respirar, la marca satélite emite una señal que es transmitida a la sede de Oceana, donde se almacenan los datos y se procede al estudio de los mismos.
Las medidas que se adopten en los próximos años para la protección de las tortugas marinas, pueden ser vitales para la supervivencia de estas especies. En los últimos seis años, el número de hembras reproductoras de tortuga boba (Caretta caretta) que han vuelto a las playas de puesta en Florida (Estados Unidos), ha disminuido a menos de la mitad. Y son estas poblaciones de Estados Unidos las que mantienen casi el 40% de la población mundial.
Las marcas colocadas sobre dos decenas de ejemplares subadultos, seguirán aportando información durante aproximadamente un año.
Los mapas mostrados a continuación, reflejan las diferentes rutas, así como las fechas de marcado y última localización.
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